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El doble destierro de los indígenas venezolanos

El doble destierro de los indígenas venezolanos

Río de Janeiro, Brasil.- “Extraño todo de mi tierra. Parece mentira, es como estar lejos y extrañar a todos, el ambiente, el agua, la selva, la tranquilidad”, lamenta la indígena venezolana Leany Torres, de 31 años, que lleva dos viviendo en Brasil.

Ella forma parte de los cerca de 6000 indígenas que eligieron tierras brasileñas para mejores condiciones de vida, ante una Venezuela sumida en una multicrisis, que ocasiona que 94,5 por ciento de la población viva en pobreza y 76,6 por ciento en pobreza extrema, según una Encuesta sobre Condiciones de Vida, publicada el 30 de septiembre por tres universidades del país vecino. Arribaron a

un país que tampoco vive una bonanza atractiva, con un índice de desempleo cercano a 14 por ciento y una inseguridad alimentaria creciente, pero nada comparable a la ruina de Venezuela, que forzó la migración de unos seis millones de personas desde 2014. Roraima, el estado fronterizo que es la puerta de entrada de los venezolanos a Brasil, pobre y limitado a 650 000 habitantes, colapsó ante una oleada de inmigrantes en 2018.

Los indígenas tuvieron que buscar un destierro más lejano, se dispersaron por este país de dimensiones continentales.

El informe “Los Warao en Brasil”, de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados (Acnur), estimó que ese pueblo originario del venezolano delta del Orinoco, en el noreste del país, ya tenía su gente distribuida por 75 ciudades de todas las regiones brasileñas hacia fines de 2020.

Acnur Brasil monitorea principalmente a los waraos (habitantes de agua o de canoa, en su lengua) porque correspondían a 67 por ciento de los 5880 indígenas venezolanos registrados en Brasil en junio de 2021, aunque sea solo el segundo pueblo originario más populoso en Venezuela, con 49 000 miembros en el censo venezolano de 2011.

La población wayuu es 8,4 veces más numerosa, según Acnur, pero migra poco a Brasil, ya que se ubica en la noroccidental frontera con Colombia, con el que ese pueblo comparte su territorio ancestral. Miembros de los pemomes, eñepas y kariñas, que viven en el este venezolano, también buscan refugio en Brasil.

La warao Torres tuvo que cruzar todo el este de su país hacia el sur, desde el norteño delta, más de 700 kilómetros, en varios buses, con la hija de ocho años y una sobrina de 20, hasta lograr llegar a territorio brasileño en abril de 2019.

Graduada en Turismo, se afirmó luego como una lideresa de la comunidad warao. Vivió en uno de los tres “abrigos” de la Operación Acogida del gobierno brasileño, que ejecuta el Ejército. A los indígenas venezolanos se les aloja en Boa Vista, capital de Roraima y su ciudad más poblada, con 420 000 habitantes.

Hay otro abrigo en Paracaima, más cerca de la frontera, pero se trata de una ciudad de solo 19 000 habitantes, más limitada en recursos para recibir migrantes.

Creada en 2018, cuando el flujo de migrantes venezolanos provocó el colapso de la administración en Roraima, la Operación Acogida instaló los abrigos para la población desamparada en las calles.

“Era un modelo de emergencia, provisional, pero se volvió permanente y no involucra los gobiernos locales, en desmedro por ejemplo de cuestiones sanitarias y educacionales”, lamentó Ribeiro a IPS, también por teléfono desde Boa Vista.

“Antes se alojaban los venezolanos en escuelas, estadios, todos mezclados. Hubo conflictos entre culturas distintas. Se decidió entonces construir los abrigos separados para los indígenas y los criollos”, explicó.

El problema es que muchos “se quedan allí dos, tres años, se debilitan, no hay políticas públicas de inserción. La Operación Acogida sale cara y no crea condiciones para que los migrantes y refugiados generen sus propios ingresos”, observó.

El Cimi y otras instituciones apoyan con actividades de artesanía, de reciclaje de residuos, en el acercamiento con indígenas brasileños, ejemplificó la activista.

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Fuente: Agencia IPS.

Edición: Juan Balboa.

10 octubre 2021.

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